LAS ESPINILLAS

¡Juventud, divino tesoro que te vas para no volver...” ¡Cuántas veces le escuché exclamar eso a mi padre! En esta expresión iban todas sus nostalgias y recuerdos de las correrías de sus años mozos. Cuando la escuela, cuando el amor, cuando la aventura, cuando el deporte..., ¡cuando las espinillas!

Sí... Porque el ataque de las espinillas, era parte de la juventud, sobre todo, en la adolescencia. Recuerdo a mi amigo Toño Ibarra que me vio unas espinillas en las mejillas y me dijo: “¡Ya tienes espinillas! ¡Qué padre!”

Yo me le quedé viendo extrañado y le pregunté: “¿...Y qué tienen de “padre”?” Las espinillas a nadie les gustan.

Él me dijo: ¡Pues a mí, sí...! Hay chavos a los que se les ven “a todo dar” ¡A ti se te ven a todo dar”

¡Vaya..! Nunca entendí qué se le figuraba un rostro con espinillas; pero pasados unos meses, me mostró entusiasmado su primera espinilla que asomaba a su mejilla izquierda. Y hasta me dijo: “Mira... ¿Apoco no se me ve bien padre?

Bueno...

Pasado no mucho tiempo, tenía la cara tan llena de espinillas que parecía un muégano. Lo miré y le dije no sin algo de burla: “¡Qué padre! Ahora sí tienes espinillas”. -Bajó la mirada sumamente enojado y me contestó que él quería sólo unas poquitas; pero no tantas. Ahora le daba pena salir a la calle.

Bueno, ¿y qué son las espinillas? Son las glándulas que producen mucho aceite seboso durante el tremendo flujo hormonal de la adolescencia. Como son básicamente sebo tapando los poros de la piel en el rostro, los mayores recomendaban mucho aseo para combatirlo. A base de jabón blanco -que era el más fuerte- se combatía la grasa y con mascarillas de trapos con agua caliente, se abrían los poros para que se mantuvieran despejados y libres de grasa acumulada. Fueron las espinillas las que hicieron necesarias las famosas mascarillas de barro.

Un remedio casero contra las espinillas -más correctamente llamado “acné”-, era a base de hojas de romero, alcohol y agua.

Se preparaba una taza con hojas de romero, una taza de alcohol y una taza de agua. Se licuaban los ingredientes, y se guardaba el “licuado” en un frasco de vidrio bien cerrado durante una semana. Luego, se colaba, seguía guardado y solamente se abría para aplicarlo durante las noches en el rostro después de una enérgica limpieza.

Algunos de nuestros mayores, nos aplicaban el alcohol directamente frotando las espinillas con torundas de algodón.

El tiempo de las espinillas, se fue. También nuestra juventud se fue. Hoy vivimos la “vejentud” y solamente, de vez en cuando, nos brota alguna en la mejilla como un chispazo de juventud; y hasta la presumimos. Sin embargo, recordamos el acné que nos invadía todo el rostro y no nos permitía frotar nuestra mejilla con el rostro de la novia en turno y recordamos cuán desagradable era tener los “cachetes” como tuna.

Males de juventud, que en el tiempo llegaron, y en el tiempo se fueron...