UNA INVITACIÓN A LA ETERNIDAD

La despedida de mamá Lupita

Mamá Lupita, la abuela materna... La mamá Lupita de Iliana Morales. ¡Cuántos recuerdos dejó en su vida! Su niñez estuvo llena de alegrías y tristezas, pero mamá Lupita fue la luz que iluminó su infancia, su adolescencia y juventud. Por eso, al toque de su recuerdo su vida aún se llena de un algo mágico que la remonta a los días de felicidad que pasó a su lado. ¡Tántas anécdotas, tántas cosas que contar de ella! En los momentos más importantes de su vida, ella estuvo siempre presente: cumpleaños, primera Comunión, concursos, graduaciones; ella siempre ahí, haciendo a Iliana sentirse la mejor niña del mundo. Ella estuvo presente también en su boda civil, en su boda religiosa, en el embarazo y nacimiento de sus tres primeros hijos, en sus bautizos; la noble abuela la acompañó en todos los instantes de su vida.

¡Qué recuerdos tan inolvidables acuden a su mente al evocar a su mamá Lupita! Su risa, sus bromas, su abuelita fue su mundo desde niña. Por eso, siempre que hablan de ella, vuelve a sentirla a su lado, como si aún estuviera sentada entre ellos. Fue tanto el cariño que se tuvieron que, está segura, el día que se fue de este mundo, la visitó para darle el último adiós.

Ella no pudo estar presente en el funeral de su amada abuela por diversas razones: La primera, fue que estaba embarazada de su hijo Juan Ernesto y su embarazo era de alto riesgo; la segunda, la gran distancia que las separaba. Un mes antes que la buena anciana falleciera, Iliana salió de Austin, Tx., a Monterrey, con el fin de visitarla. Fueron días de sonrisas y abrazos de mutuo amor.

Un día antes de que regresara, por la noche, la abuela se sentó en su cama, acarició su vientre y le dijo que quizá era la última vez que la veía; la persignó y besó su frente. Le dijo que le encomendaba a su madre, que tenía que ver por ella y su tío Francisco. Abrazó a la anciana enferma y lloró entendiendo que era aquello una despedida y sentía que dejaba el corazón con su mamá Lupita. Después, jugaron baraja, tomaron café, y la abuela le recordó algunas anécdotas de su vida cuando era niña. Su mamá, doña Aracely, estaba ahí con ellas; y pasado el convivio, ya más tranquilas, se fueron a dormir.

El autobús de regreso salía al día siguiente a las diez de la mañana. Esa noche durmió con su querida abuela aunque con un poco de miedo porque ya tenía cuatro meses de embarazo; no se podía acomodar muy bien y no quería moverla. Al verla ya profundamente dormida, la abrazó y durmió en su cama como cuando era niña.

En la mañana, se levantaron... La abuela había preparado temprano el café. Al llegar la hora de marcharse, se abrazaron y se dijeron cuánto se querían. Mamá Lupita le dio la última bendición. Recuerda muy bien la fecha: Fue un siete de febrero.

A mediados de ese mismo mes, su madre les dio una noticia que la afectó hondamente: ¡Cáncer…! ¡A mamá Lupita, le habían encontrado cáncer en los pulmones! El diagnóstico del doctor era desalentador; les anunciaron que le quedaban unos seis meses de vida; pero, desgraciadamente, sobreviviría sólo un mes. Su frágil cuerpo no resistió esa enfermedad que se la llevó, que la dejó sin su querida abuelita.

Una semana antes de que falleciera, Iliana tuvo una complicación en su embarazo que la tuvo en el hospital. El doctor recomendó reposo absoluto; no debía levantarse para nada. Sus planes eran viajar a Monterrey a visitar a su abuela; pero la orden del médico, terminó con sus esperanzas.

Una mañana, el 12 de Marzo para ser exactos, se levantó y preparó el lonche para Víctor, su marido, que se iba a su trabajo. Era un día lluvioso y frío. Víctor, se fue y ella regresó a la cama con sus niños. Continuaba en reposo por el riesgo de su embarazo. En poco tiempo quedó dormida, y entre sueños, vio a su esposo que llegó y se metió a la cama. Por la lluvia, no habían tenido trabajo y regresó a casa.

Sentía el sueño tan pesado... Como si se fuera alejando y ya no estuviera ahí... En sueños veía a su abuelita que llegaba y le decía: “¡M'hija, vámonos...!”

Ella, intrigada, le preguntaba que a dónde... Y le dijo: “Quiero que me acompañes a donde voy para ya no volver...”

Iliana le preguntaba que a dónde iba; y sólo le decía: “Déjale los niños a Norma, tu hermana y vámonos...”

Entraba Iliana a la casa y le decía a su hermana Norma, que por esos días vivía con ellos, que su abuelita quería que la acompañara a un lugar pero no sabía a dónde. Su hermana -embarazada también-, le decía: “Está bien... Déjalos, pero acuérdate que yo ya en cualquier rato me alivio...”

Comenzaba a caminar con su abuela, pero sus hijos rompían en llanto y se regresaba por ellos. Además, sentía mucha inquietud por la enfermedad de Cipriano, su hijo mayor. Preocupada, le preguntaba de nuevo a la visitante si no sería mejor llevarlos, pero mamá Lupita le decía que no los podía llevar ya que sólo ellas podían ir. Además, para los niños, “todavía no era su tiempo…”

Intrigada por lo que oía, le volvía a preguntar que a dónde iban; mas sólo le contestaba: “Tú, nomás sígueme... Déjale los niños a Víctor porque ya no puedo esperar...” -Y volvían a emprender el camino, y los niños volvían a llorar a coro.

La abuela le decía que se los dejara a su comadre Guadalupe Garza-. E insistía: “Ya vámonos porque si no, no alcanzo, y no me quiero quedar vagando...” -decía la mujer ahora con cierto grado de preocupación.

Con el apuro de su querida abuela y el llanto de sus hijos, Iliana no sabía qué hacer. Comenzaban a caminar, pero el llorar de los niños la hacía regresar de nuevo. De pronto…, se miró abrazada a los niños y ya no vio a su abuelita.

En ese momento, entre sueños, como algo lejano, escuchaba el timbre de un teléfono; pero no podía despertar aunque se debatía en el esfuerzo. Todavía en el sueño, veía que llegaba Hilda su otra hermana, y con gran preocupación le decía que le cuidara a sus hijos, porque tenía que ir con mamá Lupita a un mandado, e iba a ir sola pues no se podía llevar los niños.

Hilda, sorprendida, le dijo: “Pero, Iliana, mi “abue” ya se fue... Y cuando se iba, me dijo que no te preocuparas, que ya había comprendido que no era tu tiempo y que tus hijos te necesitaban más que ella. Y que además, el niño que esperabas…, “¡tenía que nacer...!”

Iliana salió corriendo para alcanzarla, pero había una niebla blanca que cubría todo el extraño paisaje en que se encontraban; y a lo lejos, veía su figura alejarse y difuminarse poquito a poquito. Le gritaba, y le gritaba, con gran desesperación y llanto; pero como respuesta, mamá Lupita sólo levantó su mano y con esa señal, le dijo: “adiós...

Despertó con gran sobresalto, asustada, gritando, y abrazada a Víctor que trataba de calmarla; hasta que se tranquilizó y contó su sueño. Su esposo, solamente se limitaba a escuchar y no decía nada. Definitivamente, lo veía raro... Se levantó y observó a su hermana Norma llorando. Le preguntó qué era lo que sucedía, pero le dijo que nada, que había discutido con su marido. Se abrazaron y lloraron como presas de un gran dolor. Iliana le contó el extraño sueño, y su hermana más lloraba... Algo raro sucedía... Algo no le querían decir…

Llamó a Monterrey, a donde se comunicaban con su mamá, y nadie contestaba el teléfono. Sentía algo mas no entendía el gran dolor que la ahogaba. Víctor le decía que quizás el sueño que tuvo la había impresionado, que ya se calmara.

En la noche, llamó a Monterrey y fue cuando le contestó doña Aracely. Su madre lloraba, pero sólo le dijo que su abuelita estaba delicada. Que no se preocupara. Que todo estaba bien.

Así pasó un mes. Llamaba, y su mamá le decía que su abuela estaba bien. Otras veces, que estaba mal, que se fuera resignando a lo que viniera; que lo tomara con calma.

Hasta que un día, habló a Sabinas, Hidalgo, y fue su hermano el que contestó. Le preguntó por su mamá, y le dijo que andaba en el panteón porque se cumplía un mes de la muerte de su abuelita. Habían ido ella y su hermana Hilda a llevarle flores.

Un estremecimiento casi la hizo caer. Comenzó a llorar a gritos, pero su papá tomó el teléfono y le explicó lo que había pasado. Que había sido lo mejor… Que ella estaba sufriendo demasiado…, que esa enfermedad era muy cruel y dolorosa..., Él hablaba, y hablaba, e Iliana sentía que le faltaba el aire. Su hermana Norma -recién aliviada de su bebé-, la abrazó pero no se podía controlar. Así permanecieron hasta que poco a poco, se fue apaciguando. Pensaba en su bebé en camino y no quería que le fuera hacer daño su estado de ánimo. Por esa vida que venía, tenía que ser fuerte.

Hoy, Iliana Morales platica estos recuerdos todavía con algo de dolor anidado en su alma.

_ “Mi querida mamá Lupita se fue un 12 de Marzo de 1996... ¡Recuerdo ese día con tanta pena y dolor...! Sé que me vino a visitar para despedirse de mí.... Sé que su amor ha trascendido hasta después de su muerte porque cuando la sueño, en mi corazón la siento con esa alegría que era muy de ella, con su perfume y otras cosas suyas que guardo celosamente y me la recuerdan tan vivamente. Algunas veces, la veo en mis sueños y sé que ella está ahí, en el bello lugar donde se encuentra, esperando por mí, el día aquél cuando me toque dar cuentas a nuestro Señor.

“Me estará esperando para seguir disfrutando de nuestro mutuo cariño...

“Allá en la Eternidad....”