LA MUERTE ANDA DE RONDA

La industria manufacturera de ropa llamada “Fábrica de Vestidos Morales” que dio fama al poblado de Sabinas Hidalgo, Nuevo León, cerró sus puertas a la salida de las costureras que habían terminado con una jornada más de trabajo. Así es, el horario de labor había terminado en esta empresa local que dio fama nacional a este pueblo norteño por su gran producción que cubrió la demanda nacional durante décadas, y pudo entrar hasta al difícil mercado de exportación.

En su casa de la calle Amador Garza, Mariano Hernández, luego de cenar, asomó a la puerta para observar que pronto la noche caería sobre el poblado. Era hora de ir a cumplir con su trabajo de velador recorriendo el frente de la fábrica de vestidos y algunas calles cercanas. La empresa, los vecinos y negocios del área, le pagaban una cuota semanal con lo que cubría bien sus necesidades hogareñas. Con gran parsimonia llevaba a los labios su vaso de peltre aún medio de café caliente, y saboreó con serenidad los últimos sorbos. Luego, preparó su cobija para prevenir una noche fría, su linterna, su sombrero, así como una bolsa con un termo y un bocadillo para pasar la noche.

Siguiendo una tierna costumbre, su esposa lo acompañó a lo largo de la calle; y al llegar frente a la parroquia de San José, se despidieron. Ella lo persignó para darle la bendición, y él volvió su vista al templo pidiendo también la gracia de Dios para aquella noche en que empezaba una vez más su rondín de vigilancia. Un beso de despedida, y se separaron: Él al trabajo, y ella al hogar.

Eran los años cuarenta. Las calles del pueblo aún no sabían de alumbrado público; por tanto, tras dejar a su mujer, lo esperaba la oscuridad total. Y el trabajador caminó hacia las sombras camino a la esquina de las calles de Porfirio Díaz y Doctor Coss donde estaba la fábrica y era el punto de partida para su recorrido. Una suave llovizna empezó a caer y se cubrió los hombros con la cobija de lana y se caló el sombrero hasta las orejas. Pronto el olor a tierra mojada llenaría el ambiente. Los montes que rodean Sabinas harían llegar su aliento a barro mojado a cada rincón del poblado tres veces centenario. Las calles empedradas flanqueadas de altas paredes coloniales echas de sillar, adobe, y piedra, también absorberían la humedad y exhalarían al olfato el singular olor a tierra mojada.

Mariano empezó a caminar para el inicio de su primera ronda. Se fue por la calle Porfirio Díaz, hasta llegar a la de Dr. Coss donde volteó hacia el oriente; y al llegar a la calle Victoria, dobló hacia el sur y ahí, a media cuadra, se detuvo a observar el barrio viejo bajo la lluvia que hacía brillar los empedrados. Encendió un cigarro y entre aspiración y aspiración, los pensamientos y recuerdos del Sabinas de principios del Siglo XX lo llenaron de recuerdos y nostalgias que se fueron con su juventud.

El doctor Margarito Elizondo, recién llegado al pueblo tras dejar Villaldama, le encargó al celoso velador que cuando alguien lo buscara para atender un enfermo, aunque fueran horas de la madrugada, le hablara para ir a prestar el auxilio. La casa y consultorio del médico era uno más de los sitios de vigilancia para Mariano.

Tras un breve espacio para los recuerdos, siguió su caminata hacia el sur hasta la calle Benito Juárez, donde dobló hacia el poniente hasta llegar a la calle Mutualismo donde caminó una cuadra al norte y dobló a la derecha, para quedar otra vez en el inicio de su recorrido: entre Díaz y Dr. Coss. Dos manzanas eran su ronda toda la noche, y había cumplido la primera vigilancia.

Así, las primeras horas pasaron y el buen hombre sacó el termo para servirse café caliente y paliar un poco el frío de aquella madrugada húmeda. Prendió otro cigarro y entre tabaco y café pasaron unos minutos, cuando algo le llamó la atención: Del entronque de la calle Victoria, una negra figura dio vuelta hacia el poniente siguiendo la calle Juárez, y en el lento deslizar su paso, caminaba hacia su esquina. Al irse acercando, se pudo dar cuenta que se trataba de una mujer enlutada porque vestía toda en negro y se cubría completamente el rostro con un largo chal del mismo color. Pensando en el encargo del Dr. Margarito, supuso que era una madre en busca de ayuda para un niño enfermo. Se acercó para preguntar:

_ ¿Qué pasó, señora? ¿Se le ofrece algo?

La mujer volteó a ver al solícito guardián y con una mano deslizó a un lado de su cara el negro chal, revelando un rostro descarnado… ¡Era toda su faz una calavera…! ¡Estaba ante la Muerte en persona…!

Quedó paralizado de terror y se quedó viendo cómo la Enlutada seguía deslizando su paso por toda la calle Juárez, hasta voltear para desaparecer por Mutualismo hacia el sur.

Don Mariano no acertó mas que a elevar en susurros una oración pidiendo protección a Dios y todos sus santos del Cielo.

La mañana llegó, y el velador se encaminó hacia su casa. Bajó hasta la Presidencia Municipal donde miró un gendarme en guardia y le preguntó si nunca le había tocado ver la aparición de una mujer de negro por aquellas calles, a lo que el guardián contestó que él también la había visto. Y Mariano suspiró aliviado al saber que no era el único que había tenido aquella terrífica experiencia.

Mariano Hernández enfermó de la impresión y su mujer lo llevó al templo de San José donde el sacerdote oró por él, lo roció con agua bendita y le dijo que, en momentos de miedo, se encomendara a Dios para que lo librara de todo mal. Así, entre oraciones y los cuidados de su esposa, poco a poco pudo superar el trauma del encuentro con la Muerte que, aquella noche fatal, también había salido a hacer su ronda.

A Mariano no volvió a aparecerse la mujer de sombras; pero aquella terrible experiencia, quedó para siempre grabada en su memoria y la compartió con sus hijos y nietos como una tradición familiar, como una historia que no debe pasar al olvido entre las narraciones que dan identidad a Sabinas Hidalgo.

Hoy, la señora Diamantina Hernández Reyes, hija de Mariano Hernández -quien ya descansa en paz-, nos comparte esta historia que pasó a ser una más de las leyendas que por las noches se cuentan en los hogares como una más de las tradiciones de Nuevo León.