EL AULLADOR

Es la siguiente una historia que don Luis Cervantes Salas, vecino de Anáhuac, Nuevo León, desea compartir con nosotros. Es una trama que parece cuento de terror por lo insólito de los hechos; pero aunque tiene sus bases en la realidad, esta narración es increíble y por eso ha pasado a ser una leyenda más que se ha de recordar a través de los años trascendiendo a las generaciones. Dispóngase usted a entrar a la extraña historia de...

EL AULLADOR

Don Luis es un hombre que desde que tiene uso de razón recuerda con claridad todo cuanto le ha sucedido. Hasta la edad de diez años se le consideró un niño miedoso; pero una anciana le recomendó a su madre un misterioso remedio: le dijo que lo llevara a escuchar Misa, y lo pusiera en la sacristía para que desde allí pudiera observar al sacerdote vestirse y desvestirse con la sotana y casulla de la Celebración. Todo trascurrió como fue planeado y cuando terminó el ritual, fue santiguado con agua bendita, se le dedicaron unas oraciones, y santo remedio... El miedo, había desaparecido para siempre.

El no se sintió diferente pero muy pronto iba a enfrentar su primera prueba. Al otro día, un niño más grande que lo tuvo siempre atemorizado, le salió al paso. Era Pedro, el prepotente, el terror de la escuela. Acostumbrado a abusar de los más débiles, lo escogió en el recreo para divertirse golpeando a alguien como era su rutina de todos los días. No sabía que Luis estaba ahora dispuesto a defenderse. Pedro lo vio inclinarse muy decidido a tomar una piedra. Con la mirada incrédula, la vio volar hacia él y cayó desmayado sangrando de la cabeza. Desde ese momento y para los años venideros, Luis sería respetado y señalado como alguien con valor; pero eso sí, jamás fue pendenciero y sólo peleó cuando fue necesario defenderse de una agresión.

El tiempo, que jamás se detiene a atestiguar las historias que en él se tejen, siguió su marcha. A la edad de veinte años, Luis era ya un muchacho decidido, bien plantado y enamorado. Más de cuatro muchachas de los ranchos vecinos a la antigua escuela rural “Niño Artillero” y la estación Rodríguez, se entusiasmaban al verlo pasear en su caballo. Y recuerda que a principios de los años sesenta, llevado por su juventud y la abundancia de dinero por las cosechas de algodón, gustaba de ir a divertirse a la Zona de Tolerancia. Se paseaba libre a los cuatro vientos, pero siempre después de cumplir fielmente con su trabajo y la novia en turno.

Una madrugada que dejaba la estación y a lomo de su caballo regresaba a su rancho para descansar tras una noche de parranda, al ir por los parajes que hoy son ocupados por la colonia Anáhuac, vio una mujer vestida de largo y blanco vestido que a buena distancia iba caminando delante de él. Inmediatamente pensó en una aventura, y azuzó el caballo para alcanzarla. Se acercó un poco, pero ya de allí no pudo acortar más la distancia. Por más que espoleó a la bestia no podía darle alcance.

De pronto, la mujer desapareció ante su vista y un golpe seco en el pecho casi lo tumbó de la montura. Era un grueso mecate atado de mezquite a mezquite y de lado a lado que alguien había puesto como una trampa en el camino. Sacó su filosa navaja y con ella cortó la cuerda sin dificultad. Luego, caracoleando en círculos el caballo, sacó el revólver y lanzó dos disparos al aire, retando a gritos a que salieran a terreno los que habían puesto aquella trampa, mas nadie se atrevió a salir al centro del camino.

Nunca supo si la mujer sería parte de la emboscada o si por desaparecer frente a él era una manifestación de lo sobrenatural; en todo caso, poco le importaba y pronto dejó de pensar en el asunto. A los pocos días quiso el destino jugarle una broma macabra. Una mala jugada urdida tal vez desde el Más Allá que recordaría para toda la vida.

Un anochecer, se dirigía a un rancho vecino pues un amigo lo había invitado a que lo visitara. Satisfecho de haber cumplido con las labores del día, cabalgaba por los montes y pronto vio a lo lejos las luces de la casa amiga. Cuál no sería su sorpresa que al llegar, no encontró al hombre que buscaba; sólo estaba su esposa, una bella y morena joven que lo recibió nerviosa.

El, al darse cuenta de la ausencia del amigo, caballerosamente le pidió disculpas para retirarse; pero se sorprendió cuando la mujer le suplicó con voz temblorosa que no la dejara sola porque, aunque no sabía la causa, se sentía llena de miedo; como un mal presentimiento que desde hacía rato la estaba atormentando.

Luis quedó parado ante la mujer, indeciso y sorprendido. De pronto, los perros del rancho empezaron a gemir y a dar vueltas repentinamente enloquecidos; y como respuesta a todas las dudas que por un momento pasaron por su mente, del cuarto donde se guardaban las guarniciones, salió un robusto bulto peludo y tan negro como la noche. El extraño ente de aspecto animal medía unos dos metros de alto, sostenía su corpulencia en dos patas y elevando al cenit su hocico como de lobo, lanzaba al aire unos potentes aullidos que sobrecogían de espanto a quien lo escuchara.

Luis, aunque se consideraba limpio de todo miedo, retrocedió unos pasos y sintió que se le erizaban los cabellos. Aquello era algo que ningún valor humano podía enfrentar. Pero como natural reacción, inmediatamente sacó la pistola y apuntando al amplio pecho del horroroso ser accionó tres veces el gatillo; pero para su asombro, ni una bala se disparó, parecía que el arma estuviera bloqueada por una fuerza maligna.

La gran bestia quedó parada clavando sus ojos de fuego en los de él, y levantando otra vez el hocico al cielo lanzó un aullido más que parecía taladrar los oídos invadiendo de terror las almas. La joven, sobrecogida de espanto, de un salto se acercó a Luis y se aferró a sus espaldas, temblorosa y llorando horrorizada. La bestia maligna dio un ágil brinco y quedó parada sobre el techo de la casa, recortando su silueta bajo las estrellas y lanzando sus aterradores aullidos a los cuatro vientos.

La esposa de su amigo se apretaba amparándose a su espalda y sacudida por el llanto le suplicaba: ¡No se vaya, por favor…! ¡No me deje sola en el rancho…! Luis, también lleno de espanto, inútilmente apuntaba a la bestia infernal sin saber qué más hacer.

En esos cruciales instantes, llegó su amigo, y al verlos abrazados, pensó lo peor; y dando un grito de furia se lanzó contra él con el machete en alto.

Luis caminaba hacia atrás y le gritaba que se calmara, que no era lo que él pensaba; pero tras librar dos o tres tajos, no pudo aguantar más: tomó una piedra, y lo hizo caer atontado con la frente manando abundante sangre.

Aunque había actuado en defensa propia, sintió gran pena por su amigo. Sinceramente preocupado, se acercó a levantarlo y a explicarle lo que había sucedido; pero el ente infernal ya no estaba allí para confirmar la verdad de su historia. El campo aún estaba invadido de un terrible olor a azufre, los perros aullaban, retrocedían y daban vueltas con el rabo entre las patas como pruebas vivientes de lo acontecido; sin embargo, nada pudo convencer a aquel hombre herido en la frente y en su honor de hombre casado.

...Y ahí acabó una amistad de muchos años. Aquél hombre ya jamás le dirigiría la palabra y cada vez que sus caminos se cruzaban, sólo tendría para él miradas de tristeza y odio; y al fin, acabó también abandonando a su inocente esposa... ¡y todo por un mal entendido!

Tal vez ni usted ni yo hubiéramos creído tampoco esta historia porque son hechos insólitos, encuentros con Lo Desconocido, y sólo los que lo viven pueden creerlo y contarlo, aún corriendo el riesgo de que los juzguen locos. Hoy, don Luis Cervantes es un hombre serio, bien centrado en sus setenta años; tan trabajador como cuando era joven, pero aún con mucha pena, recuerda esta extraña y triste aventura como si la hubiera vivido ayer. Y en sus momentos de reflexión, todavía se pregunta si no habría sucedido todo aquello con el propósito de traer desgracia y sangre a sus vidas como un triunfo más para el diablo que envió aquel demonio ante ellos como una bestia que no pudieron describir sino simplemente como...

El aullador…