LAS LEYENDAS DEL CAMPANERO

Andar los caminos del norte de Nuevo León es también caminar la ruta de los fantasmas. De Lampazos a Colombia hay muchos relatos de aparecidos; de contactos visuales, o sólo auditivos con seres del Más Allá que atados a la Tierra por extraños designios, rondan todavía por nuestro mundo provocando espanto entre los testigos y escuchas de estas historias.

Una narración insólita se ha escuchado entre los habitantes de la vieja estación Rodríguez; una trama apasionante que sin embargo se sigue escribiendo día a día porque no ha llegado a un desenlace definitivo. Es una historia de inicio inmemorial porque las más antiguas manifestaciones se pierden en el tiempo, y desde hace más de medio siglo, se multiplican los contactos para hacer crecer la leyenda cuyos actores principales son seres que existieron hace quizás doscientos años, hombres de nuestro tiempo, y tal vez tú mismo, si algún día te atreves...

ESTACIÓN RODRÍGUEZ; HISTORIA ANTIGUA

La centenaria Estación Rodríguez, municipio de Anáhuac, Nuevo León, dormita al lado de las vías férreas a Nuevo Laredo en medio de la semiaridez que caracteriza a las regiones norteñas de México. Desde el Siglo XVIII estas tierras sólo pudieron ser dedicadas al pastoreo y aún quedan las ruinas de lo que fueron antiguas haciendas como La Aguja, El Charro, La Laja, La Reforma y la casa que fue de Celso Canales. Todo esto era territorio casi despoblado y sólo dominado por indios de guerra y bandoleros, no habiendo más signos de progreso hasta que en 1882 llegó el ferrocarril y se creó la estación que de un modesto campamento, poco a poco dio origen a este poblado.

En 1925, al iniciarse los trabajos de construcción de la presa “Venustiano Carranza”, también conocida como “Don Martín”, a esta árida llanura llegó el Distrito de Riego 04 que llenó la zona de actividad agrícola cubriendo el campo de algodonales, y dando a sus habitantes el sello campirano propio de los agricultores.

UN ARROYO Y UN CAMPANERO

Al poniente de la estación Rodríguez pasa un arroyo seco que tiene su nacimiento en el vecino municipio de Lampazos de Naranjo; y cuentan las memorias de los viejos que a principios del Siglo XX, el campanero de la parroquia del templo del Sagrado Corazón de aquel poblado, abusó de una joven y tras cometer la felonía, escapó hacia la sierra de la Iguana. La fuerza militar que custodiaba la región lo rastreó por todos los montes, lo atrapó y sin más trámite, lo fusiló en el punto donde nace dicho arroyo, que desde entonces pasó a ser conocido como arroyo del Campanero.

Así pues, por allá en Lampazos, aquel desdichado dio nombre al arroyo; por acá el arroyo dio nombre al puente que lo cruza para dar paso a la carretera de terracería conocida como la 35, y toda el área de dicho puente es conocida como El Campanero.

UN RANCHO EN EL CAMPANERO

Por las cercanías al puente, hay un rancho dividido en varias parcelas que en conjunto suman unas setenta hectáreas llamado “El Amarillo”, con una casa del mismo color -hoy abandonada- y que ha sido escenario de cientos de historias que campesinos y carboneros cuentan alrededor de una fogata en el campo, en torno a una mesa de cantina o tras la cena familiar. Relatos que hablan de seres espectrales que se han manifestado con ruidos, luces, fuegos, objetos que se mueven, contactos físicos y avistamientos espantosos que tras enfrentarlos, han dejado profunda huella en el ánimo de los desdichados que los han vivido. Dichas historias son más antiguas que la fundación tanto de Anáhuac como de la estación Rodríguez, y se remontan hasta la Época Colonial, cuando la minería y ganadería trajeron gran actividad a la región y estas tierras eran jurisdicción de Lampazos. Pero desde luego, las crónicas se han incrementado al rodearse el área de pobladores para atestiguar estos repetitivos hechos.

Agricultores, regantes, ganaderos y pastores han sido contactados por presencias terribles que han hecho de esta zona del Campanero un interesante sitio que se recrea en la mente de los lugareños cuando en el círculo de escuchas, se realiza una vez más el viejo ritual de compartir estas historias que trascenderán generaciones y generaciones: Las leyendas del Campanero.

I.- AQUÍ ESPANTAN...

Saúl estacionó la vieja pick-up nomás pasando la puerta del rancho. Sus compañeros de parranda, Martín y Pablo, extrañados, le preguntaron por qué no la llevaba hacia el interior; hasta más allá de la casa a unos cincuenta metros de la entrada. Saúl contestó escueto:

_Porque no quiero problemas. En esa casa suceden cosas raras y prefiero que tomemos las cervezas lo más retirados que se pueda...

Los jóvenes agricultores, típicos norteños de piel clara, cabellos castaños e indumentaria de influencia fronteriza, se rieron abiertamente de los miedos de Saúl y lo obligaron a pasar hacia un lado de la puerta hasta el gigantesco cubrevientos del lado sur que parecía adormilado bajo la doble negrura del cielo nublado y la noche de aquel domingo decembrino de 1983. El aire helado mecía la tupida fronda que indiferente los vio acomodarse junto su añoso tronco. Los muchachos, con la seguridad en sí mismos que da la juventud o tal vez la ignorancia, destaparon otra tanda de cervezas e insistieron en el tema.

_¿Quién puede probar que en este rancho espantan? –preguntó Pablo, un mocetón de más de 1.90 de estatura.

_A ver... ¿a ti te consta...? –interrogó Martín, un travieso adolescente de diecisiete años.

_¡Yo que sé...! Las historias del Campanero son más antiguas que el Amarillo, más viejas que Anáhuac y Rodríguez. –dijo Saúl como buscando los recuerdos en el pico de la botella-. Incluso, por eso es que desde hace muchos años ya nadie de la familia, ni trabajadores, han podido vivir aquí. Miren, les voy a contar algo...

II.- EL NIÑO DE MAMÁ ANTONIA...

Corría el año de 1942. Una tarde de mayo, toda la familia salió al campo para llevar las viandas a los trabajadores ocupados en el algodón; y aprovechando el viaje, disfrutarían también de un grato paseo bajo el sol. Por aquellos años, el tiempo de la cosecha era una verdadera fiesta por el dineral que se ganaba; no como ahora...

Mamá Antonia, mi bisabuela, quedó sentada en el portal. Aunque su vista ya dejaba mucho que desear, desde el mediodía se ocupó como siempre en sus bordados, que era su pasatiempo favorito; y acomodada en la mecedora, no sintió pasar el tiempo. De pronto, vio un niño como de seis años que atravesaba el monte por entre los nopales cuijos que aún podemos ver ahí enfrente. La criatura caminaba hacia el portal y mamá Antonia creyó que era su nieto.

_¡Mira nomás, m’hijito...! –dijo alarmada al niño que se acercaba. _¡Cómo se ponen a dejarte regresar solo por los montes! ¡...Te vaya a morder un cascabel! ¡Qué irresponsable es tu madre! –pero el pequeño pasó indiferente por un lado de la anciana e inexpresivo, sin dirigirle una palabra o una mirada, se metió al primer cuarto.

La anciana quedó ahí sentada y rumiando su enojo hasta que una media hora después, oyó que la familia regresaba entre alegre plática y risas sonoras. La bisabuela, al escuchar las voces que se acercaban y aún a distancia, les gritó sin poder ocultar su enojo:

_¿Porqué dejaron al niño regresar sólo por el monte? ¿Qué no piensan que alguna víbora de cascabel le puede hacer daño? ¡Qué bárbaros, cómo son irresponsables...!

La familia se quedó callada cambiando miradas de extrañeza, y sólo acertaron a contestar:

_Abuela, el niño viene aquí, con nosotros...

Y desde entonces, empezaron a explicarse porqué todos contaban que a veces, en el silencio de la noche, se escuchaba el llanto desesperado de un niño; así como su aparición en el cruce del puente del Campanero...

III.- SIGUIENDO UN FANTASMA...

Si quieren más: -continuó Saúl- allá por el año de 1945, mi tío Candelario llegó al Amarillo en cabalgata desde Estación Rodríguez como a eso de las dos de la madrugada. Era una noche de luna llena. Todo estaba iluminado con tal claridad que se podía apreciar detalladamente cada rincón y objeto en el paisaje.

Al arribar, encaminó su caballo hacia los corrales para darle pienso, agua y quitarle la montura. Iba a pasar aquí el resto de la noche y ya se dirigía hacia la casa cuando vio que de los cuartos salía una mujer joven, vestida toda de color blanco, como si portara una bata de dormir...

Mi tío se quedó mirando entre la oscuridad y pensó: _ “¡Ah, condenada...! ¡Seguro que es mi hermana que se va a fugar con el novio!” -Y agazapado, la siguió a distancia, procurando no ser descubierto. Tal vez el pretendiente la esperaba por algún lugar entre el huizachal y los iba a pescar con las manos en la masa...

Con la vista fija, la siguió con paso de gato y la pistola lista en la mano. Divertido, saboreaba ya el susto que les iba dar al disparar al aire el primer plomazo.

Tuvo un parpadeo... La mujer, de pronto, y entre fumarolas de humo, se deshizo en el aire… Una repentina sensación de frío corrió por toda su espalda y le acarició la nuca erizándole los cabellos...

No era mi tía... En ese momento, se dio cuenta que había ido en persecución de un alma en pena...

IV.- ESA CHAVA...

Los escuchas quedaron pensativos he hicieron un momentáneo silencio para luego estallar en carcajadas, celebrando no sabían que... Tal vez, sólo buscaban romper la solemnidad que había impuesto el oscuro relato. Las historias de fantasmas siempre imponen un callado miedo cuando se cuentan de noche y en la soledad del monte.

Martín, el más avispado de la compañía, se paró frente al relator y le dijo con resolución: _¡Préstame las llaves de la casa...!

_¿Qué vas a hacer? –dijo extrañado Saúl.

_¡Demostrarte 'orita mismo que en esta casa no pasa nada.! ¡La llave...! ¡Dámela...!

_¡Estás loco! ...pero si quieres hacerle al valiente, aquí las tienes... ¡Es tu problema...!

Los dos amigos vieron al muchacho caminar entre la penumbra y llegar a la vieja casa. Atravesó el portal caminando penosamente por el piso lleno de mazorcas almacenadas, que al estar deshojadas y duras, le hacían resbalar el paso. Por fin, abrió la puerta y fue tragado por la oscuridad. Desde su lugar, escucharon repetidos retos que desde el interior, en voz alta, Martín gritaba por todos los cuartos:

_¿On’ tan’...? ¡Salgan...! A ver, ¿on’ tan’...?

Pablo y Saúl sonrieron ante las macabras ocurrencias de su amigo que tras un prolongado silencio, salió satisfecho pavoneándose de la demostración. Hubo algunos fugaces comentarios bromeando por aquel reto a la Ultratumba que nadie contestó; y las siguientes cervezas se sirvieron para festejar la puntada. Pero un minuto después, Pablo y Saúl oyeron una extraña pregunta de su amigo:

_Oye... ¿no que no hay nadie en el rancho?

_¡Claro que nadie vive aquí...! –contestó categórico Saúl sin poner mucha atención a lo dicho.

_¿Luego esa chava? –preguntó Martín con la vista puesta en el portal.

_¡¿Cuál chava...?! –preguntaron a dúo, repentinamente atentos y alarmados al verlo con la vista fija en la ruinosa construcción.

_Una que estaba parada a un lado de la chimenea –contestó Martín sacudiendo la cabeza hacia delante como señalando con la punta de la nariz hacia la casa.

_¡Que no hay nadie en esa casa...! –repitió Saúl buscando paciencia con la vista al cielo.

Pero Martín ya no insistió porque parecía que desde el portal alguien lo llamaba. Sin quitar la mirada de la casa, hizo juguetones ademanes con el dedo índice apuntando a Pablo, luego señalando a Saúl, para luego apuntar a sí mismo confirmando a quién quería ver la invisible presencia.

_¡’Orita vengo, déjenme ir con la chava! –dijo con entusiasmo mientras llevaba su paso apresurado hacia una conquistable moza.

Los amigos empezaron a entender... Martín era muy bromista y sin duda se trataba de uno más de sus chistes. Pablo y Saúl lo vieron sentarse de espaldas a ellos en la baja tapia que alguna vez sirvió de barandal y base para maceteros floridos en un tiempo ya lejano. A la distancia, escucharon el inicio de una sesión de preguntas sin respuestas y respuestas a preguntas que nadie oyó. El muchacho conversaba risueño y a ratos con algo de picardía, como tratando de caer en conquista. Los dos amigos menearon la cabeza celebrando la broma entre sonrisas y las últimas botellas.

Instantes después, se acercó Martín. Venía radiante. Parecía gozar una íntima emoción por haber conocido a alguien muy especial.

_¿Qué pasó...? ¿Qué te traes...? -inquirieron sus compañeros.

_¡Esa muchacha...! ¡Dice que te conoce...! –contestó Martín con naturalidad.

_Pues como no... Soy uno de los dueños del rancho y aquí he estado trabajando toda mi vida –contestó Saúl con momentánea indiferencia. _¡Pero ya no estés fregando…! ¿Cuál muchacha...?

_La que estaba ahí... ¿No la viste? –dijo el amigo señalando el portal. _Es jovencita, rubia, de trenzas largas, y muuuy bonita... Dice que “por aquí ha estado siempre...”-pronunció el travieso estas últimas palabras como subrayando una razón que le dieron- y quiere que tú y yo volvamos mañana.

¡_Mejor, ya vámonos...! –dijo exasperado Saúl.

Subieron a la camioneta los envases de cerveza ahora vacíos y, no sin algo de resistencia de parte de Martín, abandonaron el rancho para ir a cumplir la verdadera misión que los tenía allí: llevar a Pablo a una parcela aledaña para trabajos de bordeo.

V.- ESE NIÑO...

Hecho esto, tomaron la carretera de regreso a Rodríguez. Al pasar por el puente que da nombre al paraje, recordaron las consejas del lugar sobre el dulce niño que aparece parado a la vera del camino y que luego, volando se pega a las ventanillas de los vehículos ahora con el rostro transformado por gesto diabólico; intentando ingresar a la cabina, como tratando de obligar al aterrorizado conductor a que se detenga. El niño del Campanero es descrito como un pequeño de unos cinco años de edad, de apariencia campesina y sin un detalle que a primera vista haga suponer que se acercan a un contacto con un ser de lo Desconocido.

Cuentan que una vez, un ranchero lo encontró llorando y lo subió al caballo para consolarlo y llevarlo a su casa. De pronto, se convirtió en un pequeño pero hórrido ser al cambiar sus facciones y cambiar su dentadura por feroces puntas. El caballo se asustó y empezó a reparar causando la caída del jinete.

Encabritado y cabalgado ahora por el extraño ente, el animal se perdió a todo galope por entre el monte. Al otro día el caballo fue encontrado con lomo y ancas surcadas de profundos arañazos...

VI.- EL TESORO DEL CAMPANERO

Las casas de adobe y ladrillo de la decimonónica población, vieron pasar por las calles empolvadas y obscuras al par de amigos rumbo a sus hogares. Saúl dirigía la pick-up rumbo a la casa de Martín para dejarlo, ya que la ronda había terminado con las cervezas. Aunque sabía lo bromista que era su amigo, con la mente acicateada por la duda, aprovechó los últimos momentos para preguntarle a su compañero:

_Ahora sí, deja de jugar y dime la verdad. ¿Por qué dices que hablaste con una muchacha en el rancho si me consta que no hay nadie?

Mirando a todos lados como para confirmar confidencia, Martín preparó la respuesta esperada:

_No te conté lo demás... La muchacha quiere que vayamos mañana –o sea, hoy- otra vez... Pero no nos quiere tomados ni que llevemos bebidas... No desea nada de alcohol, no sé por qué... Dice que te conoce desde niño y quiere decirnos algo sólo a nosotros, pues los estuvo observando desde la casa y no quiere ni siquiera ver a Pablo. Tampoco en esto me quiso explicar la causa de su rechazo.

_Le pregunté su nombre y todo eso que se pregunta a una muchacha que acabas de conocer; pero por más que insistí, no respondió pues parece que sólo cuenta lo que le interesa y no quiere hablar más ni de si misma ni del niño muerto.

_¿Cuál niño muerto...? –interrumpió Saúl verdaderamente intrigado.

_¡’Pérate...! ¡T’avía no acabo...! Cuando le pregunté para qué nos quería, me contestó lo siguiente: Dice que en ese lugar está enterrado un tesoro que consiste en setecientas veinticinco onzas de oro, monedas españolas; pero ahí sobre el dinero, quedó enterrado también su hermanito –así lo llama-, del que tampoco me quiso dar detalle ni nombre. Solamente me contó que el niño fue asesinado y enterrado ahí con el dinero y quiere que saquemos sus huesos y los llevemos al panteón para que el alma de la criatura pueda descansar en paz. El oro es para nosotros, pero tenemos que presentarnos con ella hoy domingo, a las doce de la noche. ¿Le entras...?

Saúl quedó asombrado ante tal revelación y se preguntaba si su amigo no se daba cuenta que había estado tratando con un ser del Inframundo. Obviamente, sí; pero la joven se le presentó vestida normalmente, de aspecto tan ordinario. Su pálida piel, fresca, juvenil, y sus cabellos rubios trenzados hasta la cintura no harían sospechar nada macabro. Pero Martín descubrió la espeluznante verdad al no advertir facciones por los borrosos detalles del rostro; sin embargo, la bella aparecida le infundía tal confianza que no había lugar al miedo. Más bien, hasta quería seguir tratando con ella, sentirla cerca otra vez. A Saúl le dio escalofrío la situación pero setecientas veinticinco piezas de oro puro bien valían arriesgar hasta el pellejo...

_Martín, a lo mejor no sabes el peligro que estamos enfrentando... Yo realmente tampoco sé; pero te voy a contar una experiencia que te va a enseñar que tal vez no sólo las almas del niño y la muchacha se mueven por el Campanero.

VII.- LA TERCERA FUERZA

Hace unas semanas, cuando barbechaba una parcela cercana a la casa en compañía de mi amigo Ramón el Aguacate, trabajamos toda la noche en el duro frío de la madrugada. ¡Estaba el viento tan helado que no sentíamos las manos ni los pies! A las cuatro de la mañana terminamos la jornada y el trabajador comisionado para recogernos llegaría hasta el amanecer. Con tres horas sin nada que hacer, sólo podíamos guarecernos de la helada en la casa del Amarillo. Yo, sinceramente, tenía miedo; pero el frío era más fuerte que mi temor, así que nos fuimos en el tractor rumbo a la casa y al llegar, el Aguacate fue a abrir la puerta mientras yo acomodaba la máquina en el patio.

Al bajarme, quedé unos momentos esperando que no me hicieran lo que otras veces; pues ya apagado el motor, los reflectores se encendían solos sin que nadie estuviera cerca para hacer posible la travesura. Por esa vez los malos espíritus no me tocaron el tractor. Hasta pensé que tal vez también ellos estaban ateridos de frío.

En el primer cuarto había dos catres viejos, uno en cada rincón en posición diagonal. Muy cansados, nos acostamos sin más cobija que dos lonas. Unos minutos después, el Aguacate ya estaba roncando en sueño profundo. Yo, que ni las botas me había quitado, me tapé hasta la cabeza esperando en cualquier momento una indeseable visita.

Recuerdo que en esa casa ni los perros querían entrar. Cuando llegábamos, se quedaban afuera ladrando ante la puerta y retrocediendo entre gruñidos de inquietud por algo que sólo ellos percibían. Una mañana que entraron conmigo, casualmente los dejé encerrados por un rato mientras iba a un asunto al rancho El Lobo. Al regresar por ellos, oí a la distancia que las pobres bestias ladraban y aullaban como torturadas de terror. Al abrirles la puerta, inmediatamente salieron corriendo y vi asombrado: ¡que tan horrorosa fue la visión que los asustó, que se habían cagado por todo el cuarto! Los pobres animales ya estaban a cuarenta metros de la casa ladrando y gruñendo otra vez y con los pelos del lomo erizados. De plano, esa casa era ya inhabitable desde hace mucho. ¡Hasta para los animales...!

Pues aquella noche, un sonido en el exterior me alertó. Unos fuertes pasos se acercaban al portal. Los sonidos entraron al cuarto sin abrir puertas y “aquello” dirigió su pesado andar hacia la cama del Aguacate. Con la lona hasta la cabeza, suspiré con alivio al pensar que él sería quien sufriría la mala experiencia que se acercaba; pero no... Con gran alarma escuché que los pasos lentos y fuertes se movieron otra vez, pero hacia mi cama...

Una fuerte presencia se paró ante mi cabecera; me observaba... sabía que estaba bajo la lona... Dio un golpe en el tubo del catre con su pie –o lo que fuera- y arrastrando el paso se dirigió hacia mis pies. Yo, tapado hasta arriba, ya no podía aguantar... Decidí que lo enfrentaría, que le echaría encima la lona, lo golpearía, pelearía con “aquello”, o saldría corriendo. Pero al intentarlo, descubrí que mi cuerpo era algo ajeno. Quería moverme, pero toda acción me era imposible. Era un ser tan poderoso que se había adueñado de todas las funciones de mi cuerpo. Completamente paralizado, ahora estaba a su merced...

Sentí una mano como el acero, enorme, que me tomó por las piernas con todo y lona. Como a un miserable trapo, lentamente me levantó el ser gigantesco cuyo puño me abarcaba desde los tobillos hasta las rodillas. Una manaza de ese tamaño tenía que pertenecer a un monstruo colosal, imposible de ser enfrentado.

Fui elevado hasta quedar colgando sin más contacto con el catre que el cuello y los hombros. En ese horrible instante, no supe si fue el inmenso terror lo que me permitió gritar o emitir algún sonido; pero el Aguacate se sacudió en su cama y medio se sentó dando gruñidos de modorra al tiempo que yo me derrumbaba hasta el piso.

Al ruido de la caída acabó por reaccionar y me preguntó entre sobresaltado y atontado:

_¿Qué pasó...? ¿Te caíste...?

Aquello terminó con los dos envueltos en las lonas, tiritando de frío y miedo, sentados bajo los cubrevientos. Era mejor enfrentar los seis grados bajo cero que estar un minuto más en aquellos cuartos habitados por una fuerza tan maligna que sólo lo creemos los que lo hemos vivido...

Eso quiere decir que por el Campanero vaga otra alma perdida más fea... ¡A ver cómo nos va...!

VIII.- UN BELLO DEMONIO CON ROSTRO DE MUJER

Ese mismo domingo a las once de la noche, Martín llegó a casa y preguntó a Saúl si estaba listo. Y ahí van los dos amigos a una cita con lo desconocido. Era aquella una noche de avanzado Cuarto Creciente y cuenta la tradición que alrededor de la luna Llena son las noches escogidas por los seres del Más Allá para manifestarse en sus espacios a la vista de los humanos.

Tomaron la ruta de la 35 que termina por el rumbo de La Reforma, otro legendario paraje que tantas historias ha generado por esta región. En silencio hacían la jornada. Todo camino nos lleva a alguna parte; pero esta vez, el camino que habían tomado era de meta incierta. Al final, los esperaba la riqueza o quizás un espanto tal que podría llevarlos a la demencia; pero las ansias de aventura que caracteriza a los años mozos los arrastraba sin reflexionar en peligros. No cabe duda que cuando se es joven, se es loco...

Según instrucciones, esta vez no llevaban ningún tipo de bebidas alcohólicas. Sólo portaban lámparas de pilas y herramientas para cavar. Aunque la mejor herramienta para enfrentar una cita con seres del mundo de lo Desconocido es un espíritu fuerte y una fe a toda prueba en que somos hijos de Dios y que el Padre no abandona a sus hijos a merced del Mal, nuestros jóvenes aventureros no pensaban en este tipo de recurso y todo lo dejaban a lo primero: el valor que da un cuerpo joven, ágil y fuerte. ¡Flaca esperanza...!

Y llegaron a su destino. Ahí estaba ya el paso del Campanero. Sólo cruzando, había que doblar a la derecha donde una insólita empresa los esperaba. Los cubrevientos parecieron dar la bienvenida meciendo su hirsuta y negra fronda bajo la plateada luz de la bella Selene que desde su lecho de estrellas observaba con asombro a los osados que bajo los negros árboles del lado norte de la casa, detenían ya la marcha de la camioneta.

Quedaron unos minutos más al amparo de la cabina. No había palabras entre ellos. En silencio, de vez en cuando se frotaban las manos por el frío intenso y vigilaban el reloj en espera de la hora cero. Aún faltaba unos quince minutos para la media noche y había que ser formales. Al dar las doce, una bella alma en pena los recibiría. Saúl pensativo; Martín un tanto entusiasmado por el reencuentro con la rubia visitante de una dimensión prohibida al hombre.

_¡Es la hora...! –exclamaron emocionados.

Bajaron de la pick-up y aunque los vientos estaban suspendidos, un repentino vendaval los cubrió de polvo y hojas muertas. Por ahí, entre sombras, las almas acechaban y se manifestaban alborotando los vientos y el entorno todo. Esto no los arredró. Martín se adelantó al otro lado de la casa para abrir la puerta mientras Saúl, presintiendo que no tardarían en sufrir un espanto mayor que los que ya conocía, dejó abiertas las portezuelas de la camioneta pensando que podría ser tal su terror que tendrían dificultades hasta para abrirlas, encender el motor y salir rayando llantas huyendo del lugar maldito. Y todo por… ¡no sabía que…! Ni era por el niño cuyos restos pretendían rescatar, ni era tanto por el oro sino más bien por las ansias de probar una vez más el temple o, ¿su irreflexivo amigo se estaba enamorando de la inhumana?

Rodeó la casa y Martín ya lo esperaba en el portal. Al abrir la puerta, un inexplicable y fuerte viento salió del interior; tan violento, que se tuvieron que asegurar con una mano las gorras de béisbol e inclinar el cuerpo adelante para avanzar hacia el interior donde las láminas del techo se sacudían por el ventarrón hasta casi ser arrancadas. Segunda demostración de un poder ahí presente...

Entraron a la luz de las lámparas. Pasearon la vista por cada rincón y de pronto Martín pronunció muy quedo:

_Es ella... Está flotando sentada en el aire, ahí en el rincón... -y se dirigió sonriente ante alguien que sólo él miraba. Saúl quiso decirle que dejara de jugar; quiso gritarle ¡no te creo...!, pero el compañero, notando su incomodidad, le dijo a la invisible interlocutora:

_Saúl no cree nada de lo que está sucediendo porque no te ve...

Tras un breve silencio en que parecía recibir respuesta, volvió a dirigirse a Saúl:

_Dice que sólo se me puede mostrar a mí... Dice que por qué dejaste abiertas las puertas de la camioneta... Que vayas a cerrarlas...

Saúl salió confundido. Su amigo no podía saber nada de las puertas porque las abrió cuando él ya estaba tras la casa. Pero una sorpresa mayor lo esperaba: unos metros antes de llegar a la pick up, ambas puertas se cerraron de un solo y ruidoso golpe que sacudió toda la carrocería. Tercera demostración...

Con el temor desdibujando sus facciones pero decidido a seguir adelante, entró al cuarto donde Martín lo recibió con una sonrisa triunfal.

_Aunque no se ha movido de aquí, dice que ella te las acaba de cerrar; que si ya crees...

Saúl asintió en silencio, y ya convencido de la seriedad del asunto, atento siguió la conversación que más bien parecía un monólogo por las preguntas que nadie contestaba y respuestas cuya pregunta no había escuchado.

Martín de pronto parecía entrar en abierto coqueteo con la mujer de la sombra. Daba un paso adelante con las manos al frente en intento vano de tocarla. Explicaba que ella se retiraba en un movimiento automático al suyo y no se dejaba acariciar. En uno de los intentos, la arcana retrocedió hasta quedar ensamblada entre la estructura y ladrillos de la chimenea. Aunque esto le causaba risa al muchacho, a Saúl le empezaba a desesperar el atrevimiento de su amigo que hasta llegó a pronunciar:

_“¡Qué bonita estás...!” Y atosigado por la inquietud de verla completa, le dijo: _”Date una vueltecita...” -Pero luego contestó por primera vez con signos de alarma:

_”¡No...! ¡No...! ¡Está bien...! ¡No te voltees!

Saúl, curioso ante estas palabras, tuvo que preguntar y recibió extraña explicación:

_Quise verla de cuerpo entero, pero me dijo: _ “Si te muestro la espalda, ni tú ni Saúl se quedan aquí...” No me quiso explicar porqué pero adiviné una gran amenaza en sus palabras y por primera vez sentí miedo...

¿Qué misterio entrañaba aquella respuesta? Los atrevidos no sabían ni lo supieron nunca; pero adivinando una sombría advertencia ante aquella espalda que les estaba vedada, por salud propia decidieron no insistir. Desde que los escogió a ellos y rechazó la presencia de Pablo todo en aquellos encuentros fue simbolismo y misterio. Por ejemplo: el contactado jugueteó con un picahielo que encontró sobre la mesa y advirtió que súbitamente el espectro se mostró inquieto y adoptaba actitudes de verdadero pánico. Martín sonrió al pensar que podía asustar a un fantasma y malabareó con la aguda herramienta hasta tomarla por el acero. Tras preguntar algo, la lanzó hacia el patio atravesando por la ventana.

_Ella muestra mucho miedo ante el picahielo... Me pide que lo tome de otra forma...No puede resistir... Me suplica que lo retire lo más que pueda de su vista... –fue explicando a Saúl paso a paso las reacciones del espectro.

Luego el atrevido muchacho, un tanto envalentonado, empezó a usar un lenguaje machista y soez hasta llegar a exclamar:

_”Bueno, ¡con una chin...! ¡A lo que venimos! O qué... ¿Nos vas tener aquí como pend...? Y la quimérica presencia le contó por segunda vez de las 725 piezas de oro y del cuerpo de su pequeño hermano sobre aquellos dineros. Una vez más le pidió que primero llevaran los huesos a descansar a la tierra santa del panteón y luego regresaran por el tesoro que, a cambio del favor, sería todo para ellos. Pero le advirtió: “No debe haber sentimientos de envidia o ira entre ustedes. No debe haber la menor intención de traición a mis instrucciones pues lo pagarían muy caro.”

Martín con el recién adoptado aire dominante, siguió maldiciente ante la bella de Ultratumba y Saúl, adivinando que era mucho atrevimiento ante un poder superior, le pidió a su amigo que ya no le hablara de ese modo, que era ya mucho arriesgarse.

Súbitamente, para recordarles con quién estaban tratando, algo como un golpe de aire separó unos metros a los compañeros haciéndolos caer al piso. Martín reclamó airado y con palabras altisonantes por aquella inesperada agresión y de pronto, preguntó cambiando el tono de voz:

_¿En dónde estamos...?

Saúl, extrañado, sólo acertó a contestar: _Pues en la cocina de la casa... ¿Por qué lo preguntas?

_No veo... Todo está oscuro... –contestó Martín con voz quebrada.

Saúl se acercó a su amigo para darle algún tipo de auxilio pero en ese instante, él también perdió toda visión. No pudo ya ver el haz de luz de las lámparas ni la ventana iluminada por la luna. La macabra les daba así la más siniestra demostración de poder dejándolos completamente ciegos.

Compungidos y humillados ante tal despliegue de fuerza para su pobre condición humana, los muchachos buscaron a tientas la puerta hacia el primer cuarto; mas al llegar a él, se escuchó el portazo de la salida que se cerraba y quedaba sellada por voluntad del bello demonio con rostro de mujer. Eran ahora sólo un par de ciegos desvalidos y a merced de un poder que no podían enfrentar. Habían llegado demasiado lejos.

Arrastrando el miedo de quedar permanentemente invidentes, llegaron a la puerta y trataron de girar la perilla que había endurecido su mecanismo cual si hubiera sido tratada con soldadura y el pestillo no podía deslizarse entre las contras. El antiguo picaporte también era inamovible y ni aplicando todas sus fuerzas pudieron destrabarlo. Desesperados, empezaron a golpear las gruesas maderas tratando de quebrarlas para escapar, pero todo intento era en vano. Habían descubierto por fin que nadie puede contra el poder que posee un ser de lo Incógnito y Martín empezó a hablar ahora con tono suplicante:

_¡Está bien...! ¡Déjanos ir...! ¡Ya no queremos nada! ¡Quédate con todo! ¡Déjanos ir, por favor...!

La puerta se abrió sola, lentamente, y pudieron ver otra vez la luna iluminando los campos cultivados y los áridos páramos de la llanura. Emocionados, se frotaron los ojos y suspiraron llenos de alivio. Pero la mujer estaba frente a ellos tapándoles la huida y repitiendo con un cierto aire de fastidio las advertencias como si hablara para ella misma:

_Si no hacen todo como se los he dicho, tomaré la vida de uno de ustedes o la de uno de sus familiares... No piensen siquiera en tomar el oro y dejar los huesos porque lo pagarían muy caro... Vengan el otro sábado a la misma hora... Hagan todo según mis instrucciones... Después de esta noche ya no me presentaré...

Con la tácita orden de que la siguieran, empezó a deslizarse atravesando por el portal. Los muchachos, todavía aturrullados por el mal rato vivido aunque con la visión recuperada, avanzaban penosamente por el piso recubierto de mazorcas almacenadas que hacían resbaladizo el paso; mientras la aparición, sin pena alguna, realizaba su avance. La mujer –explicaba Martín- iba “en reversa”, o sea, se desplazaba conservando el frente hacia ellos en el afán de no mostrarles la visión escondida en su espalda. Pasó a través de la baranda y dobló a la izquierda siguiendo la pared sur y al llegar a la esquina, siguió avanzando siempre pegada a la construcción. Dio vuelta por la pared norte y en la siguiente esquina se detuvo repentinamente haciendo entrechocar los cuerpos de sus seguidores.

_¡Esperen...! ¡Viene un carro...! –dijo autoritaria.

_¿Cuál carro...? –replicó Martín. -No se oye ningún motor ni se ven luces de fanales por ningún lado del camino.

_¡Viene un carro...! –recalcó con severidad la quimera. En ese momento, por la carretera 35 se advirtieron unas luces, y un carro pasó dejando gran polvareda. Ella tenía el control del área y sabía de todo lo que se movía por ahí.

Continuó su tránsito y extrañamente, se deslizó hasta la siguiente esquina para luego doblar hacia la derecha desandando el camino en un ángulo de cuarenta y cinco grados con rumbo a un viejo cubrevientos. Al llegar cerca del árbol, se arrodilló solemnemente y empezó a acariciar con veneración el suelo, jugando con el polvo, mientras decía con un dejo de tristeza más profunda que los abismos donde pertenecía:

_Aquí está mi hermanito asesinado y puesto sobre el dinero... Señalen este lugar y vengan el sábado a la misma hora por los huesos y el oro... A mí ya no me volverán a ver... –Escuchado esto, Martín señaló enterrando una lámina en el sitio y en ese instante la bella entelequia se esfumó en el aire.

Los dos amigos regresaron pensativos. Tenían toda una semana para cavilar si volvían para arriesgar no sabían qué... Ese aciago día había sido la vista; el sábado próximo: ¡Quién sabe...!

IX.- UN ESPAÑOL

Con la luna en menguante avanzado, llegó la noche del sábado. A las once de aquella fría fecha, los amigos se reunieron en casa de Saúl. La hora de la verdad había llegado; por fin desenterrarían todos los secretos del Campanero. Todas las consejas en torno a aquél paraje terminarían al liberar las almas atadas al tesoro que había dado origen a tanta historia.

Ahí, Saúl recordó y se puso a contar a su amigo la historia de su padre de que una vez, llegaron al rancho dos granjeros dedicados a la producción de leche. Uno de ellos les dijo que iban de pesca al río Salado y pedían permiso para pasar ahí la noche.

Esa ocasión, uno de los mayores se quedó de guardia en el Amarillo y en la larga y desvelada conversación, le dijeron que realmente no iban de pesca. La familia de ellos había sido antigua dueña de esos terrenos y su padre les había contado que de niño, allá por los años veinte, observó un fuego fatuo que se levantaba de un punto por ahí cercano. Marcó el lugar con una caña. A la siguiente semana otra vez vio el fenómeno, y esa ocasión se puso a excavar en compañía de un hermano mayor.

Al clavar la pala para empezar el pozo, se levantó una especie de vapor que los hizo saltar y retroceder asustados. La fumarola fue tomando forma de un hombre robusto, de grandes patillas y extraña vestimenta que le daban el aspecto de un español antiguo. La inexpresiva aparición sólo señaló a sus pies donde se formó también un pequeño baúl. Fue tanto el miedo que sentían, que huyeron despavoridos y jamás volvieron a intentar aquella excavación.

Aquellos niños crecieron, en Lampazos formaron un hogar y ahora cuarenta años después, con la propiedad en otros dueños, los hijos buscaban unas referencias topográficas perdidas y querían ubicar el sitio del tesoro que sus mayores por miedo no quisieron sacar; pero era ya imposible encontrar las señas que les dio su padre.

Saúl se formulaba varias preguntas: ¿Sería aquél ente el verdadero dueño del tesoro? ¿Sería él quien mató al niño para ponerlo en custodia de aquella riqueza? ¿Qué tipo de relación tendría con la muchacha? Ahí había un triángulo imposible de conocer a fondo porque con la limitación humana no se podía penetrar en la verdad de una historia perdida en el tiempo; aunque sus actores aún siguieran enfrentados más allá de la vida por su avaricia, odios y deseos de venganza. Quizás al rescatar esqueleto y dinero, las almas en conflicto podrían por fin descansar para siempre.

X.- EL TESORO DE MÁS VALOR

El camino de la 35 se iluminaba con la débil luz del menguante. La luna, al perder su redondez, lucía deforme y siniestra al asomar de vez en cuando por entre los cirrus que cubrían de un leve vellocino el azul nocturno. Aunque los vientos parecían suspendidos, el ambiente estaba tan frío que ni siquiera el chillido de la lechuza se escuchaba. Hasta los cazadores de la noche estaban refugiados al calor de sus madrigueras y no se veía al mapache tras la rana, al coyote buscando la liebre o al cascabel rastreando el paso de la rata. Las tierras ya listas para la siembra del trigo hacían lucir plano y desolado el paisaje donde las almas rondaban a la espera del ya próximo desenlace de una antigua historia. Los jóvenes aventureros conducían a marcha lenta mientras en silencio repasaban todo lo hasta entonces vivido, esperando lo inesperado en la próxima experiencia. Cruzaron el Campanero. Al doblar rumbo al Amarillo, los esperaba la riqueza, o la locura; la gloria, o quizás la muerte...

Al arribar al rancho, no se movía una hoja en ningún matorral ni árbol. Al consultar el reloj vieron que faltaban unos minutos; había que esperar la hora exacta. Al llegar la hora cero quizás ni se atreverían a dar el siguiente paso; ya bastantes pruebas tenían de lo que estaban enfrentando.

Doce de la noche. Con movimientos bruscos para reafirmar el valor que se les derrumbaba, maniobraron al volante para acomodar la camioneta de tal manera que les proyectara suficiente luz en el punto donde iban a excavar. Hecho esto, bajaron con las herramientas en la mano. El conocido aliento de la Ultratumba los envolvió en un remolino cargado de hojarasca para luego desaparecer tan repentino como había llegado. Sabían que era esa la bienvenida. La bella alma en pena se ocultaba en los abismos de su oscura dimensión, vedada a la vista de los muchachos; pero ya nada había que tratar con ella. La misión estaba entendida, amén que en el fondo ya no deseaban contactarla.

Martín descubrió la lámina y empezó a palear formando el círculo que pronto sería un pozo. La tierra, compactada por el paso de millones de años, no vuelve a estar tan dura ahí donde alguien cavó así hayan pasado doscientos años; por tanto, la primer señal de estar en el punto exacto era la suavidad del terreno. No se necesitaba más herramienta que la pala.

Ya llevaba unos cuarenta centímetros de profundidad cuando Saúl se ofreció a continuar la excavación. Martín aceptó en silencio y le cedió su lugar en el pozo.

Se aplicó al trabajo con empeño y pronto alcanzó los sesenta centímetros de profundidad. En esos momentos, su compañero le dijo:

_Déjame escarbar otra vez...

Saúl pensó que su amigo estaba expectante y excitado y tal vez esa era la razón por la que quería ser el primero en descubrir la osamenta del niño cuya alma querían rescatar. Aceptó y salió para observar desde afuera las paladas de tierra tratando de descubrir si aparecía algún hueso.

A más de los ochenta centímetros se ofreció para el cambio y Martín aceptó cabizbajo; pero al intentar salir, se devolvió y le propuso:

_No, mira... Mejor déjame continuar...

Saúl sospechó que algo pasaba por la mente de su amigo y preguntó con algo de cautela:

_Bueno pero, ¿porqué no dejas que yo escarbe...?

Martín con el semblante desdibujado por súbita expresión de miedo le dijo a media voz y con el ánimo quebrantado:

_Estoy asustado... Mira la camioneta...

Al voltear, Saúl vio con gran alarma que la pick-up empezó a sacudirse y a rechinar como si una bestia de gran peso y tamaño se estuviera frotando en ella. El mueble se agitaba, apagaba y encendía las luces, se sacudía hacia adelante y hacia atrás en constante amenaza de echárseles encima. Un resuello animal, ronco y profundo se escuchaba; como de una poderosa entidad allí presente. La camioneta se balanceaba y danzaba de tal manera que parecía que en cualquier momento se elevaría para ser arrojada sobre sus cabezas. Las luces danzaban iluminando alternativamente suelo, cielo y montes, llenando de espanto a los muchachos que ante las otras manifestaciones no habían tenido disposición para sentir todo ese terror profundo que ahora los empequeñecía. Era una sensación tan honda que parecía que eran sus mismas almas las que gritaban aterrorizadas, amenazadas por un maligno ente cuyo poder ellas sí conocían. El miedo los abrazaba, los ahogaba, los penetraba hasta la médula hasta hacerlos sentirse pequeños e indefensos.

Martín ya no pudo más... _ ’Orita vengo... –dijo con voz apagada-. Voy a hablar con ella... En esto no quedamos... No nos dijo que a la mera hora nos fuera a molestar de este modo. –Y con paso trémulo se encaminó hacia la casa.

Saúl, con más control de sus emociones, lo alcanzó sinceramente preocupado por las reacciones de su amigo. El irreverente compañero que se había atrevido hasta a pretender acariciar a la macabra, ahora, por una causa menor, había perdido el control. Se adelantó a él y le abrió la puerta. El aliento del Más Allá salió a su encuentro haciendo retroceder sus cuerpos con una gran ventisca y cimbrando toda la construcción. Ya no le pusieron atención... Algo estaba mal... Las cosas estaban sucediendo diferente a las promesas de la aparecida

Martín entró por el cuarto lateral, pasó al siguiente y dobló a la derecha encaminándose hacia la cocina. Al no hallar nada siguió al otro cuarto y desanduvo el trayecto una y otra vez, siempre en un repetitivo reclamo:

_¡¿’Onde ‘stás...!? ¡Ven...! ¿Por qué nos haces esto...? ¡En eso no habíamos quedado...! ¿No quieres ya rescatar a tu hermano...? –pero sólo un pesado silencio flotaba por todos los cuartos de la lóbrega casa. La mujer, desde su espacio místico parecía ignorar a aquellos muchachos que habían tenido el valor para entrar en comunicación con ella, fenómeno tal vez irrepetible por muchas generaciones. Fue convocada una y otra vez, hasta que la desesperanza se fue apoderando de los ánimos y fueron apagándose las voces. Tal parecía que era todo y ya nada más había que hacer.

Los amigos, confundidos, temerosos, tristes, con mil emociones y sensaciones atropellando su ánimo y sentimientos, abandonaron cabizbajos los cuartos sin saber que más podían hacer. Todo lo habían arriesgado, todos los peligros los habían arrostrado y para nada... Sin embargo, una nueva convicción les había dejado la aventura, una idea que les podía servir de consuelo: por sobre todo lo vivido, al menos habían salido con bien de todos los peligros. Aquella visitante de más allá de la vida, que tuvo poder para trascender entre dos mundos y contactarlos, hablarles, cegarlos y maniobrar a su antojo los vientos y la pesada camioneta, podría, si se lo proponía, hasta quitarles la vida; y eso... no lo valía ningún tesoro.

Salió la pick up a rodado lento. Los compungidos amigos llevaban la derrota pesando en el alma. Desde su pobre dimensión humana habían enfrentado poderosas entidades de otro mundo y tenían que reconocer que habían perdido. Con encontrados sentimientos de frustración y tristeza atravesaron el puente del Campanero; y dando una última mirada de adiós al paraje aquél, se fueron rumbo al hogar en busca de recuperar la paz perdida.

EPÍLOGO

ESPERANDO POR TI...

Semanas después, Saúl volvió al rancho ya que ahí estaba su trabajo, el sustento familiar; pero ya en muchos, muchos años, jamás dejó que la caída del sol lo sorprendiera en el área. El lugar habitado por los seres malditos seguiría generando historias sombrías; pero él ya no buscaría ser actor de ninguna trama que tuviera como escenario las cercanías al Campanero. Su valeroso espíritu le permitió asimilar la experiencia; que pasaría a ser sólo un recuerdo que intentaría olvidar para poder continuar la vida con el entusiasmo que lo caracteriza.

Martín fue otra historia: Días después, regresó una tarde acompañado de un curioso amigo que quería conocer la casa de estos hechos. Se bajaron del carro y caminaron hacia la construcción. De pronto, fueron levantados en el aire, girados y puestos otra vez con rumbo al mueble como señal de demoníaca advertencia. El amigo se puso a temblar ante aquella demostración y lloró presa de incontrolable nerviosismo. Martín lo condujo al carro para llevarlo a su casa y también procuró no volverse a acercar.

Sin embargo una noche, se despertó invadido de una extraña inquietud y fue sobrecogido de espanto al descubrir flotando sobre su lecho, casi pegada al techo de su habitación, una linda rubia que en silencio y con su sola presencia parecía suplicarle que volviera. Quedó tembloroso observando la ahora indeseable visión que de pronto, en un estruendo tempestuoso, desapareció de su vista. Tal parecía que para él la historia no había terminado.

Días después, transitando solitario en su carro, por los caminos de La Batidora, vio a la luz mortecina tras el crepúsculo, que una mujer ya conocida estaba parada al lado del camino. Imprimió velocidad para pasar de largo, pero extrañamente la máquina se apagó y fue a parar exactamente frente a ella. Verdaderamente era diabólico su poder.

Se bajó del carro y en la soledad del monte nadie pudo oír que le gritó a la aparecida que después de lo que les hizo ya no quería saber nada de ella, que lo dejara en paz. Pero la mujer silenciosa, parecía dibujar un gesto suplicante en el difuminado rostro y nada contestaba. Así, siguió siendo molestado varias noches en su lecho o por los caminos, a la hora del amanecer o del anochecer. La mujer suplicando en silencio pero constantemente, el reinicio de una aventura y una relación que el ya no quería volver a vivir. Tanto fue importunado que hasta llegó a preocupar a sus mayores y hermanos cuando repentinamente lo oían gritar y llorar en súbitos despertares. Obviamente, la indeseable visitante ya lo tenía fuera de sí.

La mujer, que parecía rogarle insistiera en la exhumación como si ella no tuviera la culpa de lo sucedido, poco a poco y entre manifestaciones de tristeza y desconsuelo lo fue dejando en paz hasta desaparecer completamente de su vida; pero quedó tocado de los nervios de tal manera, que parecía amenazado por la demencia total.

Su madre y hermanos le procuraron atención médica de toda clase; pero hasta que lo llevaron ante un médico espírita de Agujita, Coahuila, encontraron la cura para sus extraños males. Paulatinamente fue recuperando la tranquilidad, el ritmo del sueño, el apetito, y logró superar el terrible trauma hasta volver a trabajar y llevar una existencia normal. Un piadoso velo de olvido lo fue cubriendo; y con su razón y capacidades recuperadas, pudo dejar en el pasado estos insólitos hechos.

Hoy, tantos años después, igual que Saúl, es un típico padre de familia y cuando alguien le pregunta a detalle cada capítulo de estos encuentros con lo Desconocido, parece bloquearse mentalmente ante estos ingratos recuerdos que ya no desea recrear en su memoria.

Y mientras las nuevas generaciones asoman curiosas por los alrededores del Campanero y preguntan por sus leyendas, buscando impertinentemente toparse por ahí con alguno de los entes que desde su sombrío mundo permanecen al acecho, la casa del Amarillo -ahora ocasional nido de algún cascabel y permanentemente llena de murciélagos que la hacen detestable también al olfato- sigue descuidada y sola; suspirando recuerdos de cuando mamá Antonia la rodeó de macetones floridos y los niños jugaban llenando de risas y gritos sus espacios ahora vacíos.

Los parajes cercanos al Campanero, por las noches se pueblan de sombras que vagan melancólicas entre mezquites y huizaches, susurrando al viento las anécdotas de sus contactos con los humanos; historias, pendientes todas, de un desenlace que no llega; y perseveran en su presencia como integradas al paisaje; esperando, eternamente esperando...

Así pues, la leyenda continúa y tú podrías ser el actor invitado en el próximo capítulo. ¿Eres varón de espíritu fuerte y corazón valiente? ¿Quieres ser el descubridor y feliz dueño de un cofre con setecientas veinticinco onzas de oro? Entonces ven al Campanero. Ahí, una fantasmagórica rubia de prometedora sonrisa, suspira y se refocila sensual en su lecho de sombras...

Esperando por ti...