LA SASTRERÍA

Cuenta el Cronista de la Nostalgia, don Josué Palomares, que hubo un tiempo en Anáhuac, en que la máxima elegancia para los hombres, era el lucir un traje. La moda en los años cuarenta dictaba un pantalón amplio en la parte de arriba a la altura de caderas y muslos, ceñido por arriba del ombligo, y algunos hasta el estómago. Bajo la pretina, por el frente a los lados, un plisado que se iba borrando a medida que bajaba hacia las piernas. Al lado derecho, bajo la pretina, “la secreta”; una bolsita escondida donde se podían guardar valores, y en caso de un asalto, no sabían que traían más dinero que el de las cuatro bolsas. El amplio pantalón terminaba en el extremo inferior en otra especie de pretina, pero a esta le llamaban “valenciana” El saco, era amplio, con dos botones, y para lucir más robusto; se usaban rellenos llamados “hombreras”. Ya ven, no solamente las mujeres han usado rellenos.

La tela para confeccionar el traje tenía por nombre “casimir”, una malformación de la palabra: “Cachemira”, ciudad capital de Paquistán Oriental, hoy llamado Bangla Desh, de donde eran las telas de lana más finas del mundo puestas de moda por los ingleses. De ahí su nombre también de “casimir inglés” Si era para tierra caliente como lo es Anáhuac, era de una tela muy fina y delgada llamada “casimir tropical” Si era para zona templada o fría, bien podía ser tela más gruesa.

Completaban el traje tres elementos más: La corbata de colores afines al saco, los zapatos negros que eran los más elegantes, y el sombrero; que si era “de Panamá”, mejor… El sombrero podía ser de lana o también de fieltro. Había diversas calidades; pues algunos eran tan caros y finos que podían durar toda la vida. Para distinguir un sombrero para traje, de uno para usos campiranos, se le llamó: “sombrero de vestir”

Para comprar un traje había que viajar a las ciudades; y si se buscaba lo más fino, había que ir a otros países. Pero en cada pueblo había un taller de costura llamado Sastrería. El sastre, fue un artesano necesario en la vida de cada poblado porque se dedicaba a confeccionar trajes a la medida de cada cliente. El sastre generalmente tenía mucha tela de donde cortar –de ahí viene el dicho-, procurándola de diversas calidades y colores, según las posibilidades y gustos del cliente. Y si el cliente llevaba su propia tela, no había problema.

En Anáhuac, para mandarse hacer un traje, había que ir a la sastrería de Max Peña, o la Sastrería Torres. En ellas se tomaban rigurosas medidas del cliente, el ancho de la cintura, el largo de las piernas, el ancho del pecho, de los hombros, el largo de los brazos; se confeccionaba, y luego pasaba al planchado como toque final. Los viejos recuerdan a don Luisito, alisando la tela con la plancha de carbón, que seguido vaciaba de brasas para separar la ceniza acumulada.

Poco a poco la competencia y la necesidad de un traje fue decayendo haciendo que paulatinamente los sastres se quedaran sin trabajo. Las sastrerías fueron cerrando una a una, pueblo tras pueblo; y hoy son sólo un recuerdo.

Un uso antes muy solicitado que, sin que nos diéramos cuenta, fue cayendo en desuso.

¿Recuerda usted otras sastrerías del pasado de su pueblo?