TUBERCULOSIS

Recuerdo, cuando era niño, muchas enfermedades que aquejaron a la población y hoy parece que son historia. Una de ellas: la tuberculosis. Esta enfermedad era popularmente llamada “tisis”, y el enfermo: tísico.

Era común ver un tuberculoso en cada círculo social. El tuberculoso enfermaba a causa de unos pulmones infestados del llamado bacilo de Koch, un microbio que alojado en la sangre invadía todo el organismo, pero el daño principal lo hacía en los pulmones que se iban prácticamente invadiendo y pudriendo en la numerosa colonia de bacilos que allí se alojaban. El enfermo tosía, y tosía. Poco a poco iba perdiendo peso y su mirada se tornaba triste y dulzona. Sus movimientos eran suaves porque cualquier agitación le provocaba un ataque de tos que muchas veces se manifestaba con flujo de sangre.

Pero, ¿Cuál es el origen de la tuberculosis? Principalmente, el contagio. El diario convivir con un enfermo hacía enfermar a quienes lo rodeaban. El tuberculoso tenía que comer en platos propios, su ropa se lavaba por separado y aunque con pena, debía dormir aparte. Con todas las precauciones debidas, aún así, el enfermo se iba reduciendo a un esqueleto andante, hasta que un día moría entre ahogos y vómitos de sangre.

Cuando la gente era ignorante, seguía usando las cobijas y colchón del finado y era un cuento de nunca acabar. Era común que hubiera hasta cinco tísicos en una familia.

Otra causa de la enfermedad, era la falsa idea de que la leche bronca era lo más sano que hubiera para la alimentación del hombre. Se idealizaba la vida del campo pensando que no había nada más saludable que la alimentación al natural. No sabían que la tuberculosis estaba en las vacas, y la fiebre de malta en las cabras. Los quesos caseros y la leche bronca eran el principal agente transmisor de la enfermedad de los animales al hombre.

En la ciudad, era común el entrego de leche bronca. Con ella se podía hacer nata para las riquísimas tortas y hacer unos chocolates espesos y sabrosos. No sabían que el bacilo de Koch resistía el hervor. Cuando llegó la leche pasteurizada, la gente no la aceptaba diciendo que era leche muy delgada, que tal vez contenía agua, que de ella no se podía obtener la preciada nata. El Gobierno mexicano tuvo que exigir la atención especializada del ganado y un ejército de veterinarios vacunó a todas las reses del país para evitar en ellas la tuberculosis. El gobierno tuvo que prohibir la venta y distribución de leche bronca y sólo así, poco a poco, la gente se hizo a la idea; y paulatinamente, la tisis fue desapareciendo de los hogares.

Hoy, todavía hay algún tuberculoso por allí; pero ya son tan raros que se cuentan por poblado; cuando antes, se contaban por familia. Gracias a la Secretaría de Salubridad y Asistencia, este azote del pueblo mexicano pasó a ser sólo un recuerdo; un uso, que afortunadamente pasó al desuso.