EL VIEJO BANDERA

Antes de irme a trabajar diecisiete años a Anáhuac, una vez tuve un director que a pesar de ser casado y estar más que en el otoño, ya a las puertas del invierno de su vida, se la pasaba platicándonos –o presumiéndonos- de sus conquistas de fin de semana.

Un amigo, con toda la chispa de su ser anahuaquense, le decía:

_¡Ah que profe...! ¡Con razón le dicen la Bandera!

-El director, algo intrigado y curioso, le hizo la pregunta obligada:

_¿Y porqué me dicen la Bandera...?

_Pues porque tiene rojo el corazón, blanca la cabeza, y ¡el rabo verde...!

Aquél director –buen amigo y compañero- nomás se reía de la puntada y aceptaba la broma.

Es muy común el reírse o hasta escandalizarse cuando un viejo anda de enamorado, casado o no, viudo o solterón. Lo que asombra es que una persona de edad avanzada quiera andar todavía haciendo desfiguros como cualquier joven; como si el amor que tiene en casa, a la edad que sea, fuera algo de qué avergonzarse.

Hemos conocido casos de señores que se casan con jovencitas, y si esto sucede, es porque alguna virtud les encontrarán –dice el dicho que “vale más un pobre viejo, que un joven con sus errores”. Otras veces, se escandalizan de que una joven se anime a caer en amor con uno mucho más mayor que ella, no saben que no hay feo sin gracia, ni bonita sin defecto. A veces, son sólo poses de una moral poco sincera.

Dice el corrido cantado por Los Alegres de Terán”: _ Como hay muchachos por todo México/ que al matrimonio le hacen el gesto/ y ya de viejos, ¡quieren pimpollo!

La verdad es que el hombre –o la mujer- a cualquier edad tiene derecho a rehacer su vida, y no por ser viejos tienen que esconderse o avergonzarse de sus sentimientos cuando son sinceros. ¡Malo cuando son casados y quieren todavía andar por la plaza sacando juventud de su pasado! Como tanto ejemplo que en estos momentos han de venir a su recuerdo...

Por lo demás, no debemos escuchar ni las burlas, ni los escándalos que la gente pueda armar alrededor de un viejo enamorado; no saben que un día también van envejecer pues, “como te veo me vi y como me ves te verás...”

Y por último nunca hemos de olvidar el viejo dicho:

El corazón no envejece; ¡el cuero es el que se arruga...!