UN SER DE LUZ

Era una noche del verano de 1977. El calor era intenso, y a las 22:00 horas decidí salir a caminar por las calles. Mi colonia, Las Encinas, es un suburbio de Cd. Escobedo, Nuevo León, habitado por vecinos más bien modestos y hasta pobres; pero la camaradería en que siempre hemos vivido ha hecho más llevadera nuestra existencia y amable el vivir en este vecindario.

Disfrutando estos pensamientos, por el camino me encontré con Enrique Hernández, amigo mío que también había salido a caminar un poco, huyendo del calor en su casa. Tras los saludos, vino la conversación; ésta hizo que los minutos pasaran imperceptiblemente y la plática llevó nuestros pasos hasta las orillas de la colonia. Ahí, recargados en un poste, mirábamos hacia los montes del poniente donde el paisaje despoblado y oscuro se limitaba con el gran domo negro del cerro del Topo, a unos diez kilómetros de donde nos encontrábamos.

El intercambio de tranquilos comentarios no contenía algún tema que nos predispusiera a la visión que vendría; no, sólo sucedió, repentina, inesperadamente.

A unos cien metros de nosotros, al otro lado del arroyo seco que cruza la carretera, vimos aparecer una luz blanca. Era un centro luminoso de poco menos de metro y medio de diámetro que chisporroteaba como en cortos circuitos, y lanzaba partículas de energía que dejaban estelas luminosas como los cohetes de fuegos artificiales.

El asombro nos sacudió. Nos vimos mutuamente y la pregunta surgió espontánea de labios de Enrique:

_¿Vamos...?
Lleno de curiosidad, mi respuesta no se hizo esperar:
_¡Vamos...!

Corrimos a cruzar carretera y arroyo mientras “la cosa” centelleaba, aparecía, desaparecía; lanzaba columnas de luz con proyectiles de energía que la hacían parecer un pulpo luminoso cuyos tentáculos se levantaran de ocho a doce metros de altura. Agazapados, nos íbamos acercando; nos acomodamos tras unos matorrales y de pronto, aquello ya no apareció. Esperamos en nuestro escondrijo un tiempo prudente, pero ya no se vio más.

Confundidos, no acercamos a explorar el lugar de la aparición esperando ver quemado el seco pasto silvestre; pero a pesar de que aquello parecía una energía tan fuerte que nos daba la impresión que si metíamos en ella la mano nos la habría convertido en ceniza, nada estaba quemado; ni huella dejó de su contacto en aquel punto.

Unas vocecillas se acercaron a nosotros. Eran dos niños de una vecina amiga, que a lo lejos también habían visto todo y presurosos llegaron a curiosear.

_¿Qué era eso “profe” ? –preguntó el mayor que acaso tendría unos diez años.
_No sé, hijo. Ni idea tengo... –contesté, tan confundido como ellos.

¡Alerta! A unos ochenta metros rumbo al noroeste apareció de nuevo aquella sensacional visión que aparecía, desaparecía; volvía a escena lanzando columnas y chisporroteando energía en un espectáculo audiovisual que sólo los que estuvimos ahí lo podíamos creer. Mientras el ente permanecía intermitente en su lugar, corríamos otra vez atravesando montes y agazapándonos entre matorrales mientras a lo lejos aquella luz hacía toda su rutina.

Nos acomodamos a unos treinta metros de ella. No sabíamos que seguía, qué más haríamos; pero otra vez casi al momento que nos acomodamos en nuestro punto de acecho, ya no volvió a aparecer.

Tras un rato de espera, salimos todos del escondite y buscamos alguna huella, y nada... Buscamos alguna relación cósmica o meteorológica, pero nada... El cielo estaba lleno de estrellas y ningún avión o aparato sobrevolaba el área. Aunque parecía una energía propia de juegos pirotécnicos o de electricidad, sobre el cielo de todo lo que alcanzaba nuestra vista, no había una sola nube. Cada vez estábamos más intrigados sobre la naturaleza de aquel fenómeno. Caminábamos de un lugar a otro moviendo con el pie o la mano el pasto en busca de algún indicio que hubiera quedado; pero nada...

¡Alerta...! Otra vez apareció por el noroeste. Todos a correr tras la misteriosa luz. Acercarse... Esconderse... Quedar a la expectativa... Otra vez, nada...

Para no cansar al lector he de decir que aquello apareció más de veinte veces y nos llevaba monte adentro, cada vez más lejos, pero nosotros, ofuscados, seguíamos aquél fenómeno; llenos de curiosidad, con la aventura brillando en nuestra mirada que parecía reproducir al ser de luz que nos atraía, que nos llevaba...

De pronto, y tras una persecución de quizás más de dos kilómetros por montes cerrados, un rayo de razón se abrió paso en mi mente.

_¡Momento...! ¡Hasta aquí llegamos...! ¡Ya no debemos seguir adelante! –les dije de pronto.

Enrique se me quedó viendo extrañado de mi repentina decisión y sólo los niños protestaron:

_¡N’ hombre “profe”! ¡Vamos a seguirlo...! ¿Porqué ya no quiere?-protestó el menor de los niños.

_Miren, no sé qué sea esa cosa. No sé a dónde nos va guiando ni qué quiera de nosotros; pero, ¡vámonos! Si ya se fijaron, es algo con inteligencia propia y nos lleva hacia algún lugar con algún propósito; pero con la emoción, también olvidamos que estos montes están llenos de víboras de cascabel y más en este tiempo y estas horas que andan de cacería –volví la vista a Enrique para agregar: _ Si llegan a morder a un niño, vamos a tener graves problemas.

Como si nos hubiera escuchado, el ser luminoso apareció otra vez a la misma distancia de siempre –a unos ochenta o cien metros- pero ahora chisporroteaba escandalosamente, hacía más ruido con su crepitar de energía y ahora no sólo estaba permanente sino que se movía hacia delante y atrás como suplicando: _¡No se vayan...! ¡No se vayan...!

Nos quedamos viendo en silencio aquella última manifestación que nos confirmaba que aquello era algo inteligente, que nos guiaba a algún lugar. La cordura se impuso. Debíamos regresar. A regañadientes, los niños regresaron con nosotros.

…Y Enrique y yo quedamos otra vez a la orilla de la colonia, donde actualmente se encuentra el edificio de la Cruz Roja, contemplando la noche inmersos en mil pensamientos ante aquella experiencia.

Entendí que mi amigo esperaba algún comentario más.

_Enrique: quizás tú y yo hubiéramos seguido esa cosa hasta donde quisiera llevarnos; pero los niños eran una gran responsabilidad pues, imagina que un cascabel muerde a uno de ellos; imagina que corremos en busca de ayuda y logramos salvarlo de la muerte. Pero mientras el niño es atendido, entra la policía judicial a investigarnos como adultos responsables. La pregunta obligada sería: “¿Qué andaban haciendo con estos dos niños en el monte, a las once de la noche?” ¿Piensas que alguien nos iba a creer...?

Mi amigo asintió en silencio; quizás todavía alucinado con los detalles del fantástico hecho que acabábamos de vivir.

Muchos años pasaron. Aquellos niños hoy son hombres hechos y derechos. Con motivo de acompañar a una familia en su dolor, me volví a encontrar con Enrique en una capilla de velación. El recuerdo trajo a nosotros aquella aventura y le pregunté:9
_Enrique: Después de casi veinte años de aquella experiencia... ¿Has llegado a alguna conclusión? ¿Has por fin entendido algo de todo aquello que vivimos?

Puso la mirada en algún punto de su mente y con gesto de pensar profundo me dijo:

_Entre más han pasado los años, menos entiendo que era aquella cosa... Pero lo que menos entiendo es ¡qué fregados andábamos haciendo al seguir aquello tan poderoso que bien pudo haber sido nuestra última aventura...!

Efectivamente. Cuando un ser de otro mundo asoma al nuestro y hace contacto con nosotros, nada nos dejará, nada entenderemos; porque hemos tenido sólo un...

Encuentro con lo Desconocido...