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EL COFRE DEL DIABLO

LEYENDAS DE TESOROS.

Las leyendas de Nuevo León están esperando por todos los rincones de esta tierra; pero a falta de investigadores, estas tradiciones permanecen anónimas, inéditas, ya que faltan aquellos que han de ir a descubrirlas ahí, donde se originan los hechos que son o llegarán a ser leyendas al paso del tiempo. De Mier y Noriega hasta el río Bravo, las historias nacen y sobreviven a los siglos gracias a que son contadas de boca en boca y generación tras generación, resistiendo el paso del tiempo.

Hoy llega a nosotros una historia que ha generado capítulos año tras año, no sabemos desde cuando, ya que su origen se pierde en la niebla del tiempo. A veces, los actores de estas tramas terribles han sido víctimas fatales de una maldición sin haberlo buscado; otras, son personas que han gustado de retar al peligro, de enfrentar fuerzas todopoderosas para su pobre condición humana. Es esta la historia de una maldición que ha pasado a la tradición con el nombre de…

El cofre del diablo

Cerca de Allende, hay un sitio de recreo familiar llamado Club Campestre donde, por sus alrededores, se han presentado hechos insólitos año con año, llenado de asombro a los que han escuchado de estos extraños acontecimientos. Aunque es historia inmemorial, uno de los últimos reportes datan del año de 1997 cuando la familia Gallardo llegó llena de entusiasmo a pasar un alegre fin de semana en las instalaciones de aquel centro de descanso y recreo.

Al llegar, por la mañana disfrutaron del canto de los pájaros y el murmullo del viento entre las ramas de los árboles; por la tarde, corrieron a refrescarse en las albercas, principal atractivo del lugar sobre todo para niños y jóvenes. Pero al terminar el día ya habían hecho amistad con don Carlos, el viejo velador de club. Al caer el sol, aquella fue una noche de relatos.

Cuenta don Carlitos que por esos lugares se han originado historias de terror; y al compartir algunas consejas que se cuentan por aquellas tierras, especialmente una llenó de miedo a los jóvenes escuchas.

Era una noche oscura en que el viento soplaba con gran fuerza provocando ruidos entre las enramadas del monte que por momentos, se confundían con susurros de voces que parecían venir de todas y ninguna parte. Las fuertes corrientes de aire mantenían el cielo despejado y podían verse y hasta contarse una a una las estrellas.

A lo lejos, perdidas entre los arbustos, se podían observar las titilantes luces de las cabañas regadas por la montaña. En una de esas casas de campo vivía don Rodrigo, un hombre que acostumbró pasar días y noches y a veces hasta una semana, viviendo en el lugar como placentero retiro y refugio de los ruidos y ajetreos del mundo. Sin embargo, a partir de aquella noche sin luna, sus estancias fueron reduciéndose poco a poco y sus visitas fueron cada vez más espaciadas, como si el lugar hubiera perdido su encanto.

El origen de todas las historias fue revelado. Contaba don Rodrigo que todas las noches, a partir de las doce se empezaban a escuchar ruidos que tras la primera inquietud natural, acabó por no darles importancia. Perdido el interés, sólo procuraba cerrar con llave todos los accesos, hasta que aquella noche azotada por el viento, estas providencias fueron rebasadas.

Aquella ocasión, don Rodrigo escuchó el trote de un caballo que siempre parecía merodear por el área y a veces, el sonido se presentaba como un verdadero galope. Aquella noche, tras tanto ser interrumpido en su sueño por el recurrente ruido, el vecino sintió fastidio y enojo por la constancia de aquellos sonidos que echaban a perder su anhelado descanso. Tomó su lámpara de pilas y un rifle, y salió decidido a correr al intruso, fuera quien fuera.

Al asomar al monte, lo que vio por las cercanías fue una llamarada en el suelo que fue adquiriendo tanto brillo que lo cegó por breves segundos. Al bajar la intensidad de aquella llama, don Rodrigo siguió acercándose a la luz con el cañón del fusil al frente. La flama permanecía ante él mientras alrededor se escuchaba el trote del invisible caballo. Al llegar a unos pasos del sitio del fuego, éste desapareció junto con los ruidos y en el lugar quedó un pozo de escasa profundidad que antes no estaba allí.

Intrigado, fue a su cabaña por una pala y empezó a cavar más hondo. A unos centímetros, topó con unas maderas que asomaron entre la tierra. Cavando alrededor las descubrió y se dio cuenta que era un cajón de mediano tamaño. Picado por la curiosidad, lo tomó entre sus manos para descubrir también su contenido. Una sorpresa lo llenó de alegría y nerviosismo: bajo la luz de su lámpara, vio que estaba repleto de cientos, tal vez miles de onzas de oro.

De pronto, el trote del caballo se volvió a escuchar acercándose hacia él. El hombre se puso en guardia con el rifle al frente. No podía ver mas que la oscuridad reinante atravesada por el haz de luz de su lámpara que se perdía entre matorrales sin hacer contacto con ser viviente. De pronto, a unos cincuenta metros de él, se materializó un caballo negro montado por un jinete que se confundía entre las sombras. La extraña bestia continuaba acercándose hasta que los pudo contemplar plenamente. Cabalgadura y jinete quedaron parados frente él, definiéndose la figura del cabalgante vestido de traje de diseño antiguo en color rojo, cubierto con una capa negra que casi lo tapaba de cuerpo entero y tocado con un ancho y negro sombrero charro. En el observar al extraño de arriba abajo, se cimbró de un espanto repentino al descubrir que en lugar de las botas que esperaba ver, el jinete tenía unos cascos hendidos. Entendió el significado de aquella presencia, y al instante sintió que se le doblaban las corvas por un incontrolable espanto.

El extraño ser, sin levantar el rostro oculto por el sombrero, abrió la boca para pronunciar unas palabras con sonoro y ronco timbre:

_ ¡Deja ese cofre que no te pertenece! ¡Es mío y si lo tomas para ti, caerás muerto al instante…!

Las palabras salieron autoritarias y amenazantes. Atónito, Rodrigo no tuvo tiempo de contestar una palabra; la fantasmal y hórrida visión giró su cabalgadura en actitud de retirarse y se deshizo en el aire tras la fatal advertencia.

El pobre hombre estaba tan aterrado que hasta el rifle había olvidado. Como quiera que sea, se introdujo unas monedas a la bolsa y procedió a enterrar de nuevo el cofre que ahora le parecía maldito.

La vivencia se propagó entre los escasos vecinos de don Rodrigo que empezó a acudir menos al sitio de esta terrible experiencia. Poco a poco dejó de verse por el lugar hasta que una noticia vino a cubrir de luto esta historia: una mañana, nuestro hombre amaneció atravesado en su cama con unas monedas de oro aferradas en la mano. La maldición se había cumplido.

Hoy todavía, cada madrugada los vecinos del Campestre pueden mirar una bola de fuego que parece vigilar las montañas que rodean el lugar. Algunos se sienten maravillados y hasta motivados a correr la aventura; otros sienten miedo y se encierran en sus cabañas; pero aquellos que acarician la idea de ir por los dineros recuerdan que la leyenda del tesoro contiene también una advertencia: aquellas monedas de oro están en posesión de un demonio y quien trate de rescatar la caja maldita, correrá la misma suerte del infortunado hombre de esta historia quien se atrevió a desobedecer la fatal advertencia. Así pues, todos prefieren no retar al destino y dejar en paz el cofre del diablo.

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